Chile, durante años, se ha jactado de ser el «jaguar» de Latinoamérica y un prometedor polo de emprendimiento que la prensa internacional llegó a bautizar como «Chilecon Valley». Sin embargo, si miramos bajo la superficie del éxito mediático, la realidad es preocupante: el motor de la innovación basada en ciencia y tecnología muestra señales de fatiga.
Mi postura es clara: la evolución del emprendimiento innovador en Chile ha entrado en una meseta. Los datos nos invitan a la reflexión. Según el Índice Mundial de Innovación 2025, Chile se mantiene en el puesto 51 a nivel global. Aunque lideramos la región, no hemos logrado los avances esperados en la última década, mientras otros mercados nos sacan ventaja. Existe una brecha entre nuestra sólida institucionalidad y lo que realmente «producimos» en creatividad y tecnología, donde aún tenemos mucho terreno por recuperar.
Para entender este fenómeno, debemos mirar el contexto macroeconómico. Vivimos actualmente lo que parece ser un nuevo superciclo de commodities. Las cifras de este inicio de 2026 son elocuentes. Según las últimas proyecciones de Cochilco, el precio promedio del cobre se sitúa en torno a los US$ 4,55 la libra para este año —con peaks recientes por sobre los US$ 6—, mientras que el carbonato de litio vuelve a rebotar con fuerza superando los US$ 13.500 por tonelada.
Esta bonanza, aunque positiva para el fisco, presenta un desafío. La abundancia de recursos naturales puede actuar involuntariamente como un freno para la diversificación. Cuando la exportación de materias primas es tan rentable, la urgencia por innovar en otros sectores tiende a disminuir. El talento joven, atraído comprensiblemente por la estabilidad de las industrias tradicionales, a veces posterga el sueño de crear valor agregado en nuevas áreas.
A este escenario se suma el desafío del financiamiento. La inversión en I+D en Chile ronda el 0,36% del PIB, distante del 2,7% promedio de la OCDE, y el capital de riesgo ha mostrado una corrección importante, con caídas en la inversión de venture capital cercanas al 65% en el último año.
Aquí es donde las universidades tenemos un rol protagónico que jugar. Si el entorno es complejo, la academia debe ser el motor que impulse el cambio. Y aunque se han hecho grandes esfuerzos, todavía tenemos una oportunidad enorme para ir más allá.
Como académico, veo semestre a semestre el potencial en mis alumnos. Sin embargo, nuestros currículos, aunque robustos, a veces avanzan a un ritmo distinto al de la tecnología. A menudo tratamos la innovación como una asignatura más, cuando tiene el potencial de ser un eje transversal de la formación. El desafío está en cómo integramos el error como parte del aprendizaje; si el sistema académico tradicional penaliza la equivocación, es más difícil fomentar la audacia necesaria para emprender. Debemos encontrar el equilibrio entre la excelencia académica y la flexibilidad que requiere la creación de nuevos negocios.
Para potenciar este camino, propongo tres enfoques para nuestra labor educativa:
- Fomentar la Interdisciplinariedad: La innovación se enriquece con la diversidad. Sería ideal promover más espacios donde ingenieros, diseñadores y humanistas colaboren en proyectos comunes.
- Acercar aún más la Industria: Debemos fortalecer los lazos con el sector productivo desde los primeros años, para que los estudiantes enfrenten desafíos reales de la minería o la energía como parte de su formación temprana.
- Cultura de la Resiliencia: Más allá de la técnica, es vital transmitir que el emprendimiento requiere perseverancia. Un innovador debe estar preparado para iterar y pivotar cuando sea necesario.
Chile está en un punto de inflexión. Podemos aprovechar los recursos del presente para construir las capacidades del futuro.
La innovación no se ha detenido, pero requiere un nuevo impulso. Como profesor, veo esa chispa todos los días en mi sala de clases. Nuestra misión es simplemente ayudar a que esa chispa se convierta en llama. El futuro de Chile no está solo bajo tierra; está también sentado en nuestros pupitres.