Quienes me conocen saben que paso mis días transitando entre dos mundos que, a simple vista, parecen hablar idiomas completamente distintos. Por un lado, mi trabajo en la gestión de riesgos de proyectos mineros me exige moverme en un entorno donde la regla de oro es el control, la mitigación de vulnerabilidades y una más que justificada aversión al riesgo. Hablamos de inversiones multimillonarias, de infraestructuras complejas y de planificaciones a larguísimo plazo. En este sector, la continuidad operacional y, por sobre todo, la seguridad de las personas y del medio ambiente, no nos dejan ni un milímetro de margen para la improvisación.
Pero los viernes por las tardes, el escenario cambia. Me pongo mi sombrero de «profe» y entro a la Universidad para dictar el Taller de Emprendimiento e Innovación. Ahí, la energía vibra en otra frecuencia. El paradigma de los estudiantes se nutre del mundo de las startups tecnológicas: Hablamos de Lean Startup, de Design Thinking, y el mantra en la sala de clases suele ser «fallar rápido y fallar barato». La idea es hacer prototipos veloces, iterar sobre la marcha y abrazar la incertidumbre como el mejor motor para crear algo nuevo.
Es justamente en este ir y venir diario donde veo, con absoluta claridad, uno de los desafíos más grandes (y a la vez, una tremenda oportunidad) para nuestro país. Tenemos un choque cultural evidente: grandes corporaciones que necesitan innovar urgente para seguir siendo competitivas, frente a un ecosistema de jóvenes emprendedores brillantes que muchas veces no saben cómo hablarle a estos gigantes. Si queremos que Chile dé el salto y deje de ser solo un exportador de materias primas y pasar a exportar conocimiento, necesitamos construir un puente sólido entre ambos mundos. Y la primera piedra de ese puente tenemos que ponerla nosotros, en las universidades.
Para entender este desencuentro, hay que mirar cómo operan ambos lados. En el aula, empujamos a los futuros profesionales a crear su Producto Mínimo Viable (MVP) y lanzarlo al mercado rápido para probar si funciona. Esto es fantástico si estás programando una aplicación de reparto de comida o una plataforma de finanzas personales. Pero la economía chilena pesa, es de «fierros grandes»: minería, energía, forestal, entre otras.
Cuando un grupo de talentosos universitarios intenta meter una tecnología nueva —digamos, un sistema de sensores IoT o un algoritmo predictivo— en una planta de molienda aplicando el famoso «falla rápido», choca de frente contra un muro de hormigón. Y tienen que entender que es lógico que así sea. En la gran industria, un error no es un «bug» en una pantalla que se arregla reiniciando la app; es un riesgo inaceptable para la seguridad o una detención de planta que cuesta millones de dólares por diarios. Esa cautela corporativa no es capricho, es pura supervivencia operacional.
Por eso, los emprendedores que apuntan al sector Business-to-Business (B2B) terminan enfrentando ciclos de venta larguísimos, a veces de más de un año, donde les piden espaldas financieras, boletas de garantía y certificaciones que una startup de diez meses simplemente no tiene. Muchos proyectos buenísimos terminan asfixiados en este «Valle de la Muerte» antes de poder demostrar su valor.
Aquí es donde las universidades tenemos que hacer el «mea culpa» y ponernos manos a la obra. Hoy, las carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) concentran a casi 400.000 estudiantes en Chile. Tenemos una cantera de talentos que pueden resolver las ecuaciones más complejas, pero nos estamos quedando cortos en enseñarles cómo traducir esa genialidad técnica al crudo mundo de los negocios corporativos.
No basta con que nuestros alumnos sepan armar un Modelo Canvas impecable. Necesitamos que aprendan a estructurar una matriz de riesgos en serio. Un innovador que quiere ser proveedor de la gran industria debe entender que su excelencia técnica es solo la mitad del trabajo; la otra mitad es darle certezas, compliance y tranquilidad al gerente que va a firmar el contrato.
Además, tenemos que subir el volumen a las habilidades de liderazgo. Enseñarles modelos como el de Tuckman, para que sepan manejar la presión de un equipo cuando las papas queman, o los roles de Belbin, para que entiendan que una startup no necesita solo «genios creativos», sino también coordinadores y personas que aterricen las ideas. Y, por supuesto, debemos entrenarlos en negociación dura. Si un joven de 24 años se sienta a negociar con una multinacional, tiene que dominar el Método Harvard: separar a la persona del problema y apuntar directamente a los intereses de la empresa (como reducir costos operativos o mitigar riesgos ambientales), en lugar de solo enamorarse de su propio prototipo.
Claro que este tango se baila de a dos, y la academia no puede hacerlo sola. Necesitamos que el entorno acompañe. Hoy vemos que la Inversión Extranjera Directa sigue fuerte en Chile, pero el Capital de Riesgo (Venture Capital) para etapas tempranas se ha vuelto mucho más conservador. Invertir en tecnologías duras (Hard Tech) requiere paciencia y bolsillos profundos.
Por eso, necesitamos que la gran industria (tanto pública como privada) dé un paso al frente y cree más «Sandboxes Industriales» o cajas de arena. Espacios seguros, a menor escala o en procesos paralelos, donde las startups puedan probar sus locuras, equivocarse y ajustar sus prototipos sin poner en riesgo la producción principal de la compañía. Destinar recursos a esto no es caridad ni «responsabilidad social»; es una inversión estratégica para que la industria no se vuelva obsoleta.
A mis colegas que lideran proyectos en la gran industria, los invito a mirar con más cariño y apertura el talento que se está cocinando en las universidades. Detrás de esa falta de experiencia corporativa, hay una agilidad mental tremenda capaz de resolver esos dolores de cabeza históricos que nosotros, por ceguera de taller, a veces ya ni vemos.
A mis colegas académicos, los animo a seguir agitando las mallas curriculares. Hagamos de nuestras aulas verdaderos simuladores del mundo real, donde el rigor de la ingeniería se dé la mano con la estrategia comercial y la gestión del riesgo.
Y a mis alumnos y futuros emprendedores: el desafío es gigante, pero la oportunidad es aún mayor. No se desanimen cuando escuchen el primer «no». Las grandes industrias chilenas los necesitan urgente para optimizar nuestra agua, hacer más verde nuestra minería y liderar la transición energética. Aprendan el idioma de estos gigantes, entiéndanlos, respeten sus reglas del juego y, desde ahí, con innovación y buen humor, atrévanse a transformarlos desde adentro. El futuro de Chile necesita esa energía.