El nuevo mapa de riesgos macroeconómicos: transición hacia un régimen permanente de shocks de oferta

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El nuevo mapa de riesgos macroeconómicos: transición hacia un régimen permanente de shocks de oferta

Vivimos una transición estructural que la macroeconomía convencional aún no incorpora plenamente. Durante décadas, los shocks de oferta fueron interpretados como perturbaciones transitorias, reversibles y de impacto acotado.

Hoy, sin embargo, la evidencia empírica muestra un régimen dominado por shocks persistentes y simultáneos que alteran la dinámica inflacionaria y el crecimiento tendencial. La inversión global en petróleo y gas se redujo cerca de 30% entre 2014 y 2020, generando un déficit estructural que explica la persistencia del Brent en rangos de US$90–105 durante 2025–2026, incluso sin un ciclo expansivo global. A ello se suma el deterioro climático: la FAO estima que la productividad agrícola mundial ha caído 12% desde 1990, mientras América Latina enfrenta sequías más intensas que elevan la volatilidad del componente alimentario del IPC. La demografía refuerza estas presiones; la OCDE proyecta una contracción de la población en edad de trabajar hacia 2035 en la mayoría de sus economías, reduciendo el crecimiento potencial y tensionando los costos laborales. Paralelamente, la fragmentación geoeconómica podría restar hasta 7% del PIB mundial en el largo plazo, según el FMI, encareciendo insumos y debilitando la estabilidad financiera. La productividad, por su parte, crece por debajo de 0,5% anual en economías avanzadas, limitando la capacidad de absorber shocks sin trasladarlos a precios.

En este entorno, los bancos centrales enfrentan un dilema severo: tolerar inflación implica arriesgar credibilidad, pero endurecer la política monetaria profundiza la desaceleración. La inflación deja de ser cíclica y se vuelve estructuralmente más volátil.

Chile ilustra esta vulnerabilidad: importa 98% de sus combustibles, depende del cobre y enfrenta una megasequía de más de 15 años. Con el Brent sobre US$100, el tipo de cambio supera los $900, la inflación proyectada rebota sobre 4% y el empleo asalariado crece apenas 0,3% anual. La política económica debe adaptarse a un régimen donde la incertidumbre es permanente y exige mayor resiliencia energética, climática y productiva.