En los círculos financieros de Santiago, el debate sobre el riesgo sistémico suele centrarse en la tasa de interés, la inflación o la inestabilidad geopolítica. Sin embargo, una amenaza más profunda y silenciosa se está gestando en la intersección de nuestros mercados de capitales y algo tan fundamental como la cadena alimentaria. Un reciente estudio del International Journal of Financial Studies (2024) producido en equipo con una doctoranda de la Universidad Nacional Autónoma de México arroja una luz incómoda sobre este fenómeno: la «financiarización» de los alimentos está convirtiendo nuestros commodities agrícolas en fichas de un casino global, con consecuencias directas para la estabilidad económica y social.
El análisis es categórico. Instrumentos como los derivados y los fondos cotizados (ETFs) han desacoplado progresivamente el precio de productos básicos como el maíz o la soya de sus fundamentos de oferta y demanda. La lógica ya no es la de un agricultor que vende su cosecha, sino la de un trader que busca ganancias en la volatilidad. Este arbitraje especulativo, si bien es una actividad legítima del mercado, ha alcanzado una escala que genera una inestabilidad artificial, amenazando la seguridad alimentaria y, por extensión, importando un riesgo inflacionario que golpea directamente el bolsillo de los chilenos y la predictibilidad de los negocios.
Para un país como Chile, esta no es una discusión teórica. Somos una potencia agroexportadora y, a la vez, importadores de granos esenciales. ¿Estamos acaso construyendo parte de nuestro éxito exportador sobre la base de precios distorsionados por la especulación? ¿O estamos, como importadores, pagando la cuenta de un sistema que prioriza el rendimiento financiero a corto plazo por sobre la resiliencia del sistema real? La respuesta a ambas preguntas parece ser afirmativa, y nos hace vulnerables.
Frente a este diagnóstico, la respuesta habitual ha sido redoblar los esfuerzos en sostenibilidad y criterios ESG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza). Pero como argumenta Christopher Marquis en un lúcido ensayo para el Stanford Social Innovation Review, el paradigma de la sostenibilidad, enfocado en «no causar daño», se ha vuelto insuficiente. La campaña de la Business Roundtable en EE.UU., que pregonaba un capitalismo enfocado en todos los stakeholders, demostró ser poco más que una estrategia de relaciones públicas para eludir una regulación más estricta.
Aquí es donde debemos prestar atención a un concepto que va un paso más allá: la regeneración.
La regeneración no es una versión más ambiciosa de la sostenibilidad. Es un cambio de paradigma. Mientras la sostenibilidad busca minimizar las externalidades negativas (reducir la huella de carbono, usar menos agua), la regeneración se enfoca en crear activamente externalidades positivas. Implica diseñar modelos de negocio que no solo extraen valor, sino que restauran y fortalecen el capital natural y social del que dependen.
Empresas como Patagonia, que ha redefinido su misión para «salvar el planeta», o la brasileña Natura, que ya presenta un «Estado de Resultados Integrado» cuantificando en dólares su impacto social y ambiental positivo neto (concluyendo que por cada dólar de ingreso, genera $2.7 en beneficios para la sociedad), están demostrando que esto no es una utopía. Illycaffè está invirtiendo en agricultura regenerativa no por filantropía, sino porque entiende que la resiliencia de su negocio depende de la salud del suelo y de sus caficultores.
Para Chile, abrazar el modelo regenerativo no es una opción «verde», es una estrategia de supervivencia y competitividad de primer nivel.
Primero, es una poderosa herramienta de mitigación de riesgo. En un país enfrentado a una crisis hídrica estructural, prácticas agrícolas que restauran la capacidad del suelo para retener agua no son un «plus», son una necesidad para asegurar la viabilidad de nuestra industria frutícola y vitivinícola. Un negocio regenerativo es, por definición, un negocio más resiliente.
Segundo, es una fuente de creación de valor y diferenciación. La Unión Europea ya está implementando regulaciones como las Normas de Información sobre Sostenibilidad (ESRS) y el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), que exigirán una transparencia total en las cadenas de valor. Los exportadores chilenos que puedan demostrar un impacto regenerativo, certificado y medible, no solo cumplirán con la norma, sino que accederán a mercados premium y a consumidores dispuestos a pagar por un valor que va más allá del producto.
Finalmente, es un imán para el capital inteligente. Los grandes inversionistas institucionales, los llamados «propietarios universales» cuyos retornos dependen de la salud de la economía en su conjunto, están empezando a comprender que no pueden diversificar el riesgo sistémico. Están buscando activamente empresas que no solo gestionen sus riesgos ESG, sino que contribuyan positivamente al sistema. Una empresa chilena con un modelo regenerativo se convierte en un activo mucho más atractivo para el capital paciente y de largo plazo.
La disyuntiva, por tanto, no es entre rentabilidad y responsabilidad. La verdadera elección es entre un modelo financiero extractivo, que genera ganancias a corto plazo a costa de una fragilidad sistémica creciente, y un modelo regenerativo, que construye un valor económico resiliente, duradero y, en última instancia, más rentable. Para el liderazgo empresarial y político de Chile, el desafío es trascender el lenguaje de la sostenibilidad para adoptar la lógica de la regeneración. Esa es la próxima frontera de nuestra competitividad.